Por Iván Arrazola Cortés. Publicado en El Novedades.

Ha concluido el proceso interno en Morena con el resultado esperado, la victoria de Claudia Sheinbaum.  El proceso en Morena sirve para ilustrar cómo funcionan los procesos democracia interna en los partidos políticos en México, resulta curioso que sea el presidente de la República y no el líder del partido o su consejo, el que establezca las reglas,  que a los participantes se les pida que compitan pero que no se ataquen entre ellos, que no den entrevistas a los medios críticos al régimen, que salgan a competir pero que de antemano firmen un compromiso en el que acepten el resultado “pase lo que pase”, en realidad el proceso interno en Morena no se trató de una contienda libre y abierta, fue una camisa de fuerza.

Esta fue una contienda en la que cada participante sabía el rol que le tocaba jugar, estaban los disciplinados, los que tenían claro su rol, ni Claudia Sheinbaum, ni Adán Augusto López, dudaron sobre cuál era su papel en el proceso interno, sabían que las reglas consistían fundamentalmente en no cuestionar las normas del proceso interno ni tampoco cuestionar los resultados del gobierno, los dos sabían que el trabajo consistía en hacer las giras, destacar las virtudes del líder y del movimiento, y no criticar ni polemizar con ninguno de sus compañeros en la contienda.

Por otro lado estaba el rebelde, el ex canciller Marcelo Ebrard, que intentó destacarse del resto del grupo y de cierta forma romper las reglas del proceso, pero la realidad es que fue titubeante, primero propuso la creación de una secretaria que estaría a cargo de uno de los hijos del presidente, pero la estrategia no tuvo efecto, se hizo acompañar de uno de los hermanos del presidente, tal vez el más incómodo, Pio López Obrador, que fue captado recibiendo sobres con dinero, después presentó un proyecto de seguridad y trató de debatir con la favorita en las encuestas sobre este tema pero tampoco causó mayor impacto, y por último acusó cargada del aparato de Estado a favor de Claudia Sheinbaum y amagó con dejar la contienda, tampoco tuvo efecto, al contrario el presidente lo acuso de vulgar ambicioso.

Y por último tres aspirantes que fueron completamente irrelevantes en el proceso, quizás fue para quitar presión y reflectores a los principales contendientes en el proceso, lo cierto es que ni el pragmático senador Ricardo Monreal,  que siempre coqueteó con abandonar el movimiento y unirse a la oposición pudo destacar, su cierre de campaña lo hizo de forma virtual, ni el siempre picaresco, Gerardo Fernández Noroña, que se mantuvo en su papel defensor a ultranza de la izquierda y demostró que lo suyo es el streaming,  ni el desabrido Manuel Velasco, que su momento de mayor emoción en su campaña fue cuando prometió que de ganar el proceso interno el grupo RBD actuaría en el Zócalo, pudieron generar algún tipo de impacto en el proceso.

Al final quedará el triste testimonio de cómo los recursos públicos fueron utilizados para mover a miles de personas a mítines en los que poco o nada se decía, a eventos en los cuales como en los viejos tiempos, se movilizaba a miles de personas a cambio de algún incentivo económico o de una torta, ahora un pedazo de pizza. También quedará como testimonio el exceso, la colocación de espectaculares por todo el país, sin que los aspirantes se responsabilizarán por esa acción, pero mostró como a base de publicidad se intentó construir carreras de políticos con escasa trayectoria a nivel nacional.

El proceso estuvo lejos de ser democrático, el presidente fue el que fijó las reglas y el presidente sancionó a quien trató de desafiarlas, como en todo proceso autocrático al que no está con el movimiento lo calificó de vulgar ambicioso.

Pero la vieja izquierda si es que se puede decir que sigue siéndolo, quedó reducida a su expresión mínima, nada de autocrítica, su espíritu combativo ha cedido el lugar al culto al líder, señalar que las cosas no van bien en materia de salud o seguridad sería atentar contra la unidad del movimiento, y si algo debe de quedar claro es que ninguna persona o interés puede estar por encima del movimiento, aunque el movimiento sea en realidad la voluntad de un solo hombre.

Al final el proceso transcurrió sin pena ni gloria como lo quería el presidente, el proceso fue diseñado para desactivar el conflicto y lo consiguió, si alguno de los contendientes decide abandonar en este momento al movimiento, o cuestionar el proceso será catalogado como un mal perdedor, el artífice de esta estrategia saldrá decir que se acabó con el dedazo y que la decisión la tomó el “pueblo”, aunque en realidad esa decisión ya se había tomado con anticipación, todos los recursos económicos y políticos puestos a disposición de la ganadora lo demuestran.

Iván Arrazola es analista político y colaborador de Integridad Ciudadana. @ivarrcor

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