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Escándalos y casos emblemáticos en la lucha contra la corrupción


Por: Stephen D. Morris @sdmorris4 Publicado en ContraRéplica


No cabe duda que los escándalos, testimonios oficiales, investigaciones y casos judiciales contra los corruptos del pasado atraen mucha atención política y mediática y evocan emociones diversas entre la gente. Sin embargo, existen dudas sobre su utilidad. En este sentido, hay un argumento que expone que la anticorrupción del gobierno es solo la persecución del “corrupto del día,” es puro “show,” y que para verdaderamente luchar contra la corrupción se necesita cambios institucionales (por ejemplo, Merino “Temporada de Pesca” (El Universal, 27 de julio de 2020).

Al respecto, estoy de acuerdo que los cambios institucionales si son fundamentales y la persecución por sí sola no basta; sin embargo, no hay que descartar la importancia del proceso de investigar y sancionar a las personas servidoras públicas por actos ilícitos dentro de una política contra la corrupción. En este sentido, tales razones sirven de eje para considerar la consulta popular y determinar si la gente quiere o no investigar, y en su caso, sancionar a los ex presidentes.

EEUU ofrece un ejemplo histórico que vale la pena recordar (ver “Taming Systemic Corruption” por Cuellar y Stephenson). Durante su larga trayectoria de reducir sustancialmente la corrupción sistémica, según los autores, la prosecución jurídica de casos de corrupción jugaba un papel fundamental. Destaca los casos emblemáticos como Credit Mobilier o el “Whiskey Ring” durante la presidencia de Ulysses Grant (1869-1877) en el siglo XIX, y varios casos contra oficiales durante la presidencia de T. Roosevelt (1901-1909). En todos estos casos, fundamentalmente las audiencias y las sentencias tuvieron un efecto principal de poner límite a las acciones, indicando a todos que ni el pueblo ni el gobierno permitirán, de ahora en adelante, que tales delitos pasen impunes. Es decir, la mediatización de los casos logró mandar el mensaje colectivo de que la anticorrupción había marcado un límite. En este sentido, los límites o demarcaciones sirven como una señal a todos de que ahora en adelante, los actos de corrupción serán sujetos a un fuerte castigo. De ahí que estos casos nos muestran un parteaguas, marcando una nueva época. Dicho de otra manera, la sobre exposición mediática de los escándalos de corrupción tiene un papel disuasivo. Por supuesto, si la impunidad, como muchos plantean, representa una gran parte del problema de la corrupción en México, entonces la persecución de los casos es fundamental para señalar, con actos concretos, hasta donde llega la impunidad de ahora en adelante.

De algún modo, los escándalos y casos representan un ritual social de limpieza política; una oportunidad para la sociedad de sacar y dirigirse su enojo contra los funcionarios que les engañaron y que violaron su confianza. Es un proceso en que la sociedad declara y reafirma sus ideas normativas del bien y mal, y que celebran los valores de cómo debe de funcionar el gobierno. Denunciar y castigar permite a la sociedad su máxima expresión política del pasado y su ambición y deseos del porvenir. Puede servir como un renacimiento político.

Aparte de demarcar el límite de la impunidad y su aspecto ritualista, las investigaciones y persecuciones de los corruptos también tiene un fin práctico para desmenuzar la arquitectura de las formas y las maniobras de la corrupción que tanto dañan al erario y la sociedad. Esa fotografía es necesaria para identificar los recovecos institucionales y los procesos que facilitan el desvío de recursos y los arreglos que permiten a los oficiales esconder sus huellas. De estos casos, hay mucho que aprender para poder moldear las reformas institucionales necesarias para prevenir estos actos en el futuro. Por lo que me inclino a ver que la sobre exposición de los casos de corrupción ofrecen lecciones de cautela para los funcionarios que piensen en defraudar a la sociedad en el futuro, y por el otro lado, lecciones sobre la administración política para los que quieran diseñar reformas institucionales para que no vuelva a suceder.

Este no quiere decir, por supuesto, que los escándalos y casos no pueden ser parte de la simulación. México tiene una larga historia de campañas anticorrupción que incluyen casos emblemáticos de chivos expiatorios, utilizados por el gobierno más bien para ganar legitimidad y/o concentrar el poder político que para abatir la corrupción. Al final de cuentas, todo depende en cómo el gobierno y la sociedad aprovechan los escándalos y los casos: si marcan de verdad un cambio fundamental hacia el futuro (cambios en la actitud de la gente y funcionarios y cambios precisos en las normas e instituciones que aseguran que no vuelva a ocurrir) o más del círculo vicioso de la corrupción y anticorrupción.

Dr. Stephen D. Morris
Investigador y Coordinador del Laboratorio de la Documentación y Análisis de la Corrupción y la Transparencia, UNAM, y Colaborador de Integridad Ciudadana A.C. @sdmorris4 @integridad_AC
http://www.integridadciudadana.org.mx/