Desarrollo comunitario

La democracia representativa a debate


Por: Magdiel Gómez Muñiz @magdielgmg Publicado en ContraRéplica


Pareciera que la democracia representativa sufre de un déficit de legitimidad. Y con ello, una sociedad que, cada vez más se siente poco representada por su gobierno. Las críticas a las democracias contemporáneas (especialmente en México) surgen en un contexto caracterizado, entre otras cosas, por los siguientes factores: la irreversible revolución tecnológica -especialmente en el ámbito de los medios de comunicación-; la inestabilidad económica y la depredación del planeta que se suman a un coctel de inequidades que nunca antes se había visto. Una democracia representativa es entonces llevada a debate porque en su origen se olvidó de reducir las desigualdades en la sociedad, así como crear políticas públicas racionales que fomenten el desarrollo sustentable de las comunidades contemporáneas.

Bajo esta lógica de omisiones, la democracia y sus colectivos se encuentran de frente con una pregunta sin responder: ¿es la democracia la mejor forma de gobierno? Quizá desde la visión de los atenienses es la única vía de bienestar social. Pero para otros estados es la peor forma de gobierno que no garantiza nada.

Con la caída del socialismo realmente existente, la profunda transformación económica provocada por la globalización, el surgimiento de nuevos y poderosos agentes económicos globales que atentan contra la soberanía estatal, y el asedio al Estado, el cual padece grandes desafíos al enfrentar las presiones del capital financiero transnacional, las grandes corporaciones y los organismos internacionales. El escenario no puede parecer peor.

Sumado a lo anterior, observamos las revoluciones social y cultural experimentadas en la segunda mitad del siglo pasado, procesos de diferenciación social agravados por la globalización económica, al tiempo que la migración masiva, el surgimiento de nuevos temas y actores, las exigencias de minorías, así como la presencia de movimientos sociales diversos, obligan a la elaboración de agendas gubernamentales complejas y a la toma de decisiones políticas donde nadie se quede fuera.

Han surgido muchos cuestionamientos respecto a la legitimidad de las decisiones colectivas que las comunidades políticas hemos de obedecer, y que, en última instancia, el Estado puede implementar coercitivamente.

Se observa un desencanto generalizado con la democracia; no solo porque se le percibe ineficaz en la gestión de los asuntos públicos, sino por la profunda distancia que separa a las instituciones políticas de los intereses y expectativas de los ciudadanos. Particularmente se acusa a la democracia liberal de su concepción extremadamente individualista del ser humano, y de la utilización de la política como un instrumento que posibilita la competencia entre grupos, que buscan asegurar sus intereses y no el bien público.

Por tanto, los ciudadanos (me incluyo entre ellos) perciben la violencia estructural en las democracias debido a que no se garantiza el mínimo vital, así como tampoco los privilegios de estar en el marco del Estado de Derecho.

De ahí la creciente exigencia de darle un giro a la democracia actual y de recuperar el papel protagónico de la ciudadanía, incluyendo a los ciudadanos en la toma de decisiones colectivas, a través del intercambio de argumentos racionales e imparciales, y de la ponderación de razones, con miras al bien común.

Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Coordinador del Doctorado en Ciencia Política del Centro Universitario de la Ciénega – UDG. Profesor Investigador de Tiempo Completo de la Universidad de Guadalajara, co expertis y posgrados en estudios políticos y gobierno, filosofía política y educación @magdielgmg @Integridad_A