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Los micromachismos que de micro no tienen nada


Por: Belinda Contreras @Beelindacn Publicado en Gluc


El psicólogo argentino Luis Bonino fue quien acuñó el término de micromachismo (mM) en los años 90. Los denominó como pequeños, incluso casi imperceptibles controles y abusos de poder. Son maniobras y estrategias que sin ser muy notables restringen y violentan a las mujeres. Estos buscan reforzar la superioridad sobre nosotras, son actos machistas pero de “menor” intensidad porque no acaban con nuestra vida de manera inmediata, pero al ser un acto que vivimos a diario, nos mata lentamente, de forma gradual y continua.

Los mM están presentes tanto en la esfera pública como privada, incluyen costumbres, hábitos, chistes, gestos, ideas, detalles, etc; y nos hacen verlos como normales. Por ejemplo, los medios de comunicación tienen un poder innegable en la creación de opiniones, transmisión de valores, costumbres e ideologías, ya sea a través de un simple anuncio o una campaña completa como lo es “Cuenta hasta 10”.

En la publicidad existen dos ejes; el primero es en el que se nos trata y se nos proyecta como objetos y se sexualiza nuestro cuerpo; el segundo es en el que los estereotipos de los roles de género se siguen perpetuando en los anuncios. Éstos son la base de los micromachismos, ya que la mayoría de estas actitudes se sustentan en los papeles tradicionales que tanto hombres como mujeres hemos desempeñado a lo largo de la historia; encajonándonos como madres cuidadoras, amas de casa, responsables del hogar, dependientes del hombre, preocupadas por nuestra imagen. Por otro lado, el hombre es un profesional que desempeña puestos de responsabilidad y que es independiente de nosotras.

Una clara demostración del machismo es la que se encierra en nuestro idioma, como la preeminencia del género masculino sobre el femenino. Victoria Sau muestra el machismo sutil que alberga nuestro lenguaje cotidiano;

“-Señor maestro, ¿cómo puedo hacer que una palabra sea femenina?

-Partiendo de su fórmula masculina y añadiendo una “a” en lugar de la “o” original.

-Entendido maestro. Y el masculino, ¿cómo se forma?

-El masculino no se forma, el masculino existe.”

Claro que nosotras nos tenemos que sentir identificadas cuando hablan de “nosotros”, incluso cuando en un grupo la mayoría sean mujeres, pero ellos de ninguna manera pueden sentirse representados si se dice “nosotras”, o se tacha de ignorantes a quienes hablen en femenino y masculino, y ni mencionar a quien hace uso de la “e” o “x”, porque no vale la pena nombrarnos, porque ya estamos incluidas e incluides en el masculino genérico. Las personas que se oponen a este uso suelen justificarse diciendo que la Real Academia Española (RAE) se ha pronunciado varias veces al respecto y ha dicho que hacerlo “va contra el principio de economía del lenguaje”. Pero, ¿Qué se puede esperar de esta instituciónn? Absolutamente nada, porque en tres siglos de historia solo ha tenido 11 mujeres académicas, manteniendo así una situación de desigualdad tanto en su institución como en nuestro lenguaje.

No podemos seguir rigiéndonos bajo una academia que si acepta términos como amigovio o papichulo pero no acepta cambiar el significado de la palabra “fácil” que en una de sus descripciones se lee “especialmente a una mujer que se presta sin problemas a relaciones sexuales.”

Las palabras importan e importan mucho, incluso tanto que es un hecho que nos moldea. Es fundamental que nombremos las cosas, porque lo que no se nombra no existe, porque el lenguaje no solo nos comunica o transmite algo, sino que también tiene la capacidad para modificar situaciones y realidades. Es momento de que construyamos una nueva historia, una nueva actualidad partiendo del respeto y reconocimiento de todas las personas que conformamos nuestra sociedad.