DEMOCRACIA REPRESENTATIVA


Por: Magdiel Gómez Muñiz @magdielgmg Publicado en ContraRéplica


Toda comunidad organizada tiene por derecho la necesidad de elegir métodos y estrategias por medio de las cuales se tomen las decisiones más relevantes para la misma. La elección de la forma en que se solucionarán los conflictos y se gestionarán los procesos corresponde exclusivamente al ciudadano.

La singularidad del sistema democrático ha propiciado que discurran discusiones complejas en torno al contenido de la misma; es decir, si bien nuestra discusión ya no es de fondo (ya que todos asumimos a la democracia como el régimen político a elegir) lo cierto es que en la forma (el tipo de democracia que se debe implementar) ahí está el foco de controversia.

A este respecto, tenemos dos enfoques de democracia principales: la democracia representativa y la democracia deliberativa. Ambas deben ser analizadas desde los tres aspectos que evalúa Giovanni Sartori quien señala que: “a) la democracia es un principio de legitimidad; b)la democracia es un sistema político llamado a resolver problemas de ejercicio (no únicamente de titularidad del poder) y, c) la democracia es un ideal” por tanto, se puede afirmar que la democracia representativa –por ejemplo– pondera el criterio de ejercicio por encima del ideal, en tanto que la deliberativa optimiza el enfoque de la legitimidad, no obstante, y bajo esta óptica qué es mejor ponderar ¿la legitimidad, el ideal o el ejercicio?

Es precisamente en este contexto que la forma que adopta cada modelo de democracia –que se pueden identificar por la colocación de un adjetivo a la misma– representa una cualidad, que en el caso de la democracia representativa hace referencia a su base misma: la representación.

En México se tiene un enfoque sui-generis del concepto de representación y eso obedece a las reglas de un sistema de partidos atomizado, (reflexión que haremos en otro “Panópolis”), pero el ideal sería la visión de Hannah Fenichel Pitkin que suscribe que el fenómeno de representar puede introducirse en cuatro formas distintas: en términos de autorización (conferir autoridad a un acto), como responsabilidad (pedir cuentas al representante), como descripción (el hacer presente algo que está ausente mediante una semejanza o imagen) y de forma simbólica (en la que no se exige semejanza o imagen alguna sino una conexión con el objeto que se representa de forma distinta) sin duda, se puede establecer que todas participan en la configuración del concepto de representación política, dado que los representantes – de alguna forma – encarnan cada uno de estas dimensiones.

Para el caso que nos interesa es importante definir que esta es una asignatura pendiente que debería elevarse al interior de los debates políticos.

Es justamente en este contexto en que se concentra la diferencia clásica entre la democracia representativa y la deliberativa ya que tal como señala David Held “dentro del pensamiento democrático hay una división clara entre los que valoran la participación política en sí misma y la entienden como un modo fundamental de autorrealización y los que tienen una visión más instrumental y comprenden la política democrática como un medio para proteger a los ciudadanos de un gobierno arbitrario y expresar (mediante mecanismos de agregación) sus preferencias” esta dicotomía fundamental es donde se expresa con toda naturalidad la diferencia entre el enfoque representativo y el deliberativo, donde el segundo analiza como esencial el hecho de que el ciudadano mantenga entre sus actividades comunes la disertación de los problemas públicos y sobre todo la participación activa en el debate político.

Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Coordinador del Doctorado en Ciencia Política del Centro Universitario de la Ciénega – UDG. Profesor Investigador de Tiempo Completo de la Universidad de Guadalajara, co expertis y posgrados en estudios políticos y gobierno, filosofía política y educación @magdielgmg @Integridad_A