Phonosapiens


Por: Magdiel Gómez Muñiz @magdielgmg Publicado en ContraRéplica


Paulatinamente hemos perdido nuestra capacidad de ver las cosas habituales, las menudas, las comunes que nos anclan al ser, en su lugar nos nutrimos de un frenesí de comunicación e información que nos aleja del ecosistema y se hace pasar por libertad. La digitalización nos desmaterializa y nos suprime de recuerdos. Estos medios digitales (al alcance de la mano) nos secuestran -de forma no violenta- hacia un mundo intangible, nublado y espectral.

Ante el tsunami de información nos volvemos esclavos de nuestra obsesión por los datos. El fetichismo de las cosas desenmascara la pulsión por la “datasexualidad” y en pleno furor, sumergidos plácidamente en una infoesfera el Smartphone; (el dispositivo testigo de la utopía digital), nos acostumbramos a la prisión inteligente sin puertas de salida.

Confinados al autoaislamiento, no se dimensiona la lenta extinción del otro, del vecino, del parroquiano que, desaparece junto con las narrativas e historias de lo cotidiano. Hoy en términos conceptuales se deja de pensar, intuir y reflexionar. El ser humano del futuro no se servirá de las manos para trabajar, en voz de Flusser: “este nuevo ser humano que tendremos a nuestro alrededor y que se gestará en nuestro propio interior es manualmente inactivo. Ya no tratará con cosas y, por tanto, ya no podremos hablar de actividades”.

Sometidos por la hiperinformación, la generación Phonosapiens se identifica por no querer atarse a las cosas ni a las personas. Los vínculos, como bien lo señala Byung-Chul Han, son inoportunos y serán reemplazados por el acceso temporal a redes y plataformas. Recordando que, sin el tacto físico, no se crean vínculos. El capitalismo de la información se materializa en plataformas digitales como AirB&B y comercializan la hospitalidad; Tinder hace lo propio con los afectos; Facebook provee de amigos imaginarios e Instagram eleva el narciso que se lleva dentro. Todo se vuelve mercancía al alcance de un clic. “La comunidad como mercancía es el fin de la comunidad”.

Tener el mundo completamente bajo el dominio de un clic, refuerza el egocentrismo. Con solo deslizar el índice sobre la pantalla someto el mundo a mis necesidades y a la entera disposición. Situación que produce sensación de libertad plena y blinda de cualquier riesgo de exposición frontal con el otro en el espacio público. En esta comunicación digital el otro está menos presente, desaparece.

Bajo esta lógica terreno-digital los nuevos señores feudales son Amazon, Google y Facebook, curiosamente, ahí es donde encontramos las más grandes contradicciones a la libertad debido a que por cada clic presionado, generamos algoritmos que facilitan la esclavitud digital con dominación panóptica. Como sujetos sometidos ni siquiera nos damos cuenta y no oponemos ninguna resistencia. Llevamos una mansedumbre por adicción.

La adicción al celular nos provoca que nos comuniquemos de forma compulsiva, enfermiza y que las emociones se plasmen a través de figuras (emoticones) porque somos incapaces de verbalizar el sentimiento y es mucho más sencillo lanzar un gift que abreve la ficticia sensación de estar irremediablemente solos en un mundo autista que agoniza a velocidades vertiginosas.

Lo anterior se rescata de la extraordinaria obra de Byung-Chul Han intitulada “No-Cosas. Quiebras del mundo de hoy” que es su más reciente producción en la que desarrolla una nueva forma de entender los mundos de la virtualidad, así como la construcción de silogismos que se salpican con excesos de ruidos de información.

¿Ud. Qué opina?

Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Coordinador del Doctorado en Ciencia Política del Centro Universitario de la Ciénega – UDG.
Profesor Investigador de Tiempo Completo de la Universidad de Guadalajara, co expertis y posgrados en estudios políticos y gobierno, filosofía política y educación @magdielgmg @Integridad_A