Por Manuel Cifuentes Vargas. Publicado en Integridad Ciudadana.
La democracia electoral es básicamente números. Estos son los que realmente cuentan y se cuentan, y no tanto otras cosas. Es la numerología sobre el depósito de los votos y el resultado calificado de los números de la votación realizada para elegir gobernantes; pero no es la total extensión como tampoco la completa esencia de la democracia. El atributo y amplitud de la democracia es mucho más que números. Esa es apenas un tramo del extenso horizonte de la democracia.
Y es que por lo general se piensa que la democracia tiene sus orígenes y se materializa in situ con el sufragio que se pone en las urnas electorales. Pero no. En estricto sentido, como decíamos, esto solo es democracia electoral y, por lo tanto, un pedazo de la democracia. Y esto, siempre y cuando sean procesos electorales limpios, equitativos, y mejor, justos; que el ideal es que fueran inmaculados, pues de no ser así, sería una mediana democracia electoral.
Muchas veces también se tiene la creencia que ésta va un poco más allá; esto es, con el involucramiento de la gente y hasta con su contribución en el diseño de las políticas públicas y en la presupuestación de algunas de ellas, así como en la observancia ciudadana de la ejecución de éstas, y ahora hasta con la revocación de mandato; lo cual, es cierto, ya es un avance importante; pero tampoco termina ahí, porque esta intervención es otro trecho más de la dilatada y honda democracia.
Hasta ahorita, con esto último, solo estamos hablando de una cuestión material de la democracia: De los procesos electorales y de la participación de los ciudadanos en algunos renglones del quehacer del gobierno. Digo lo anterior, porque para mí, la democracia tiene dos componentes y dimensiones: La material que acabamos de indicar y la inmaterial. Para decirlo de otra manera, la que se plasma con el voto en las urnas y con la actuación del gobierno; y la que nace en el interior de las personas, como pueblo y cuando algunos se convierten en gobernantes, al tomar conciencia y contar con arraigado espíritu democrático.
En efecto, la democracia realmente se produce en la conciencia de las personas. Emana, encarna y se cultiva en lo más íntimo del ser humano, y después se exterioriza cuando sabe a ciencia cierta que es libre y que todos tienen los mismos derechos, deberes y obligaciones, al margen del rol que jueguen para, en base a esta llibertad de conciencia democrática responsable, tomar sus propias decisiones informadas y razonadas.
Es más, los procesos electorales, en riguroso sentido, no siempre son necesariamente democracia, porque estos en puridad pueden llegar a estar contaminados y manipulados por intereses determinados, e incluso hasta sucios y obscuros. Ya exponíamos que los procesos electivos no son más que un tramo de la democracia, vista ésta de manera integral. Sí, definitivamente, es un espacio muy importante en el que se ejerce el voto y se elige a los gobernantes, pero, al fin y al cabo, es solo una página de la democracia total.
Decíamos que la vida y propiedad de la democracia es por mucho, más amplia y profunda que los procesos electorales y/o la democracia electoral. Esta es con la que, mediante el sufragio, se legaliza la elección de los gobernantes, aunque no siempre éstos surjan legitimados, y menos que quede garantizada esta legitimidad durante todo el periodo para los que son electos. Inclusive puede darse el supuesto de que el propio proceso electivo llegue de inicio a estar viciado de ilegalidad, por lo que tampoco sería estrictamente legal un proceso electoral.
Pero en todo caso, la legalidad sí es la que trasciende al tiempo. Sí permanece y garantiza todo el periodo para el que se fue electo, a diferencia de la legitimidad que, así como puede perdurar todo el tiempo para el que se elige, también puede perderse en un determinado momento durante el lapso para el que se elige a las personas. Por eso los procesos electorales y/o la democracia electoral no es el principio ni el fin de la democracia; en otras palabras, no es la raíz ni en la que se agota la democracia.
La democracia viene de mucho más atrás y va mucho más allá de los procesos electorales y/o de la democracia electiva. Empieza en la conciencia de las personas y en la del pueblo como colectividad societaria y se trasmina al gobierno, al momento que éste igualmente toma plena conciencia de este aliento democrático y la pone en continua práctica en sus acciones cotidianas de gobierno, para después convertirse, ya en la cima, en una forma política humana y constitucional integral y permanente de vida personal, como sociedad y como país.
Es por eso, que la libertad; el libre albedrío que se tiene para decidir responsablemente es lo más valioso, lo más importante y trascendente en la vida y, por ende, en el ejercicio a plenitud de la democracia. Será entonces en este momento, que podamos hablar de que un pueblo, una nación, un país, un Estado, es y vive verdaderamente en democracia. De que es un genuino ciudadano demócrata capaz de garantizar la democracia y que tiene gobernantes demócratas. En otras palabras, cuando toma conciencia de quien es y lo que significa y representa como ser humano y como auténtico ciudadano, así como nación y como gobierno.
Cuando toma conciencia de que es una persona y un ente colectivo libre identificado por rasgos comunes; con iguales derechos, que los hace suyos y los ejerce enteramente; que tiene el valor y carácter para realmente hacerlos valer; que se informa, piensa, razona y valora; que dialoga y debate con la mente abierta y, por lo tanto, que le da valor a la palabra; que habla, escucha y actúa; que no discrimina ni hace distingos; sino que valora, acepta y ve como igual a mayorías y minorías.
Ciertamente la igualdad es uno de los principios vertebrales de la democracia, pero no en pensamiento, porque eso sería uniformidad, y el pensamiento por naturaleza es diverso. La riqueza de la democracia es la libertad y la diversidad del pensar diferente; la igualdad de derechos para todos, y cada quien, conforme a sus capacidades y cualidades; en suma, a su propio talento, desarrollarse y contribuir al progreso, desarrollo y bienestar político social del país.
Y es que las mayorías no siempre tienen la razón. No por ser mayoría siempre se tiene razón. Incluso a veces éstas son volátiles. De ahí la importancia que debe tener la palabra, el diálogo, el debate, la confrontación civilizada de ideas y los educados consensos con todos los actores políticos, sociales, económicos y culturales, porque esto es lo que hace y enriquece a la democracia llevándola a mejores latitudes.
Una democracia donde estemos todos y esté presente el reconocimiento plural de todos. Porque política y socialmente las minorías también tienen derecho a existir, a hablar, a ser escuchadas, a ser aceptadas y tomadas en cuenta en sus pensamientos, en sus sentimientos, en sus visiones, en sus razones y argumentos, toda vez que también tienen algo que expresar y aportar para la mejor edificación de la sociedad, de la nación y del país. Juntos se piensa y se hacen mejor las cosas.
La democracia es el único sistema político y de gobierno, por hoy, en el que la felicidad, como la máxima y sublime aspiración y sempiterna esperanza del ser humano en lo individual y como pueblo, es posible alcanzarla. No hay otro sistema político, por el momento, que pueda ofrecer este anhelo para el saludable desarrollo progresivo para vivir mejor. Todos los demás sistemas de gobierno tienen inclinación a concentrar el poder, a limitar o prohibir libertades y su dejo de opresión.
Por eso, no se puede ser, como ciudadano ni como pueblo, pasivo, dejado, autocomplaciente y, mucho menos, encubridor e irresponsable ante el exceso de los gobernantes. El pueblo siempre tiene el pleno derecho humano, constitucional y político a tener buenos gobiernos, y los gobernantes la invariable obligación política, social, jurídica y ética de hacer buenos gobiernos.

Manuel Cifuentes Vargas, Doctorante en Derecho por la Facultad de Derecho. UNAM. Miembro fundador de Integridad Ciudadana, A. C.

