Por Iván Arrazola Cortés. Publicado en ContraRéplica.

Se ha cumplido el primer año de la presidencia de Claudia Sheinbaum, y aunque parezca temprano para hablar de sucesión, en la política mexicana las candidaturas presidenciales comienzan a construirse desde el inicio del sexenio. Así lo entendió Andrés Manuel López Obrador, quien desde la mitad de su mandato abrió deliberadamente la competencia interna en Morena, asumiendo el papel de destapador y llamando “corcholatas” a los aspirantes que podrían sucederlo.

Tras las elecciones intermedias de 2021 —donde los resultados no fueron tan favorables como esperaba— el entonces presidente mencionó en una conferencia matutina una lista de catorce posibles sucesores, entre los que destacaban Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard. El proceso interno culminó con la victoria de Sheinbaum y la incorporación del resto de los participantes en distintas posiciones de poder.

Hoy, sin embargo, las condiciones son distintas. La presidenta no cuenta con una baraja tan amplia de figuras con peso político dentro de la Cuarta Transformación. Además, su administración ha tenido que concentrarse en atender los temas pendientes del sexenio anterior y enfrentar nuevos desafíos que ponen a prueba la viabilidad del país, especialmente en materia económica y de seguridad.

En el ámbito internacional, la relación con Estados Unidos ha representado uno de los mayores retos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha generado incertidumbre, particularmente por las amenazas de imponer aranceles a las exportaciones mexicanas. En este terreno, Marcelo Ebrard —ahora secretario de Economía— ha desempeñado un papel crucial. Su gestión ha permitido mantener una política comercial estable, preservar aranceles bajos y avanzar hacia una eventual renegociación del Tratado de Libre Comercio, pese a la resistencia del propio Trump. Este logro se perfila como uno de los principales éxitos de la administración Sheinbaum, que ha sabido conjugar pragmatismo y diplomacia.

En el ámbito interno, Omar García Harfuch ha emergido como otro de los perfiles fuertes dentro del gobierno. Su desempeño en materia de seguridad pública, una de las áreas más cuestionadas durante el sexenio de López Obrador, ha sido notable. Con un estilo técnico y una imagen de eficiencia, García Harfuch ha conseguido mantener una buena reputación incluso entre sectores opositores, además de una relación sólida con los gobernadores, lo que le ha permitido tejer alianzas políticas relevantes.

Más allá de Ebrard y García Harfuch, no parece haber en este momento dentro de la 4T figuras con proyección nacional que puedan competir en una eventual carrera presidencial. Ni los gobernadores ni los secretarios federales destacan por su peso político o por sus resultados de gestión. Incluso personajes que antes parecían bien posicionados —como Ricardo Monreal, Adán Augusto López o Andrés López Beltrán, hijo del expresidente— han perdido visibilidad. A ello se suman los escándalos de corrupción y los cuestionamientos por excesos y lujos que han debilitado su imagen pública.

Tampoco los espacios tradicionalmente estratégicos parecen hoy semilleros de candidaturas. La Secretaría de Gobernación ha dejado de jugar un papel central en la política nacional y se percibe más como una oficina de transición en la que podría haber cambios en cualquier momento. En tanto, la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, que históricamente ha proyectado liderazgos nacionales, atraviesa por una etapa difícil: el asesinato de dos de los principales colaboradores de la jefa de gobierno y el accidente de la pipa de gas han dañado la percepción de gobernabilidad en la capital.

En un periodo relativamente corto, inevitablemente comenzarán los movimientos y definiciones rumbo a la sucesión presidencial. Será clave observar qué papel asumirá la presidenta: si optará por reproducir el modelo de López Obrador —es decir, controlar directamente el proceso sucesorio y fijar las reglas— o si permitirá que sea el partido quien defina con mayor autonomía. En el primer caso, el proceso podría mantenerse ordenado; en el segundo, existe el riesgo de que surjan fracturas internas difíciles de contener.

Aunque García Harfuch goza de un amplio respaldo ciudadano y una imagen de eficacia en materia de seguridad, el ala más dura de Morena lo observa con desconfianza, al considerarlo ajeno a la tradición política de izquierda y distante del movimiento que llevó a López Obrador al poder en 2018. Por su parte, Marcelo Ebrard mantiene un capital político importante y una trayectoria reconocida en la administración pública; sin embargo, su derrota en el proceso interno de 2023 y su inicial negativa a reconocer los resultadosgeneran desconfianza desde Palacio Nacional.

México ha demostrado que los procesos de sucesión presidencial son siempre complejos y cargados de tensiones informales. Aun con reglas institucionales claras, la política mexicana sigue guiándose por acuerdos implícitos, lealtades personales y decisiones discrecionales. Y aunque todavía falta tiempo para 2030, la cuenta regresiva ya empezó.

Iván Arrazola es analista político y colaborador de Integridad Ciudadana A. C. @ivarrcor @integridad_AC