Por Iván Arrazola Cortés. Publicado en Integridad Ciudadana.
El futbol tiene esa capacidad: suspende momentáneamente las preocupaciones cotidianas y genera una sensación de pertenencia difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida pública. Sin embargo, el Mundial también deja al descubierto las contradicciones de las sociedades que lo organizan.
Durante las semanas previas al inicio del torneo, distintas encuestas reflejaban un escaso entusiasmo ciudadano. Las preocupaciones económicas, la inseguridad y el desgaste provocado por las obras de infraestructura parecían opacar el interés por la justa deportiva. Sin embargo, el ánimo colectivo cambió con el silbatazo inicial. Las playeras verdes volvieron a inundar las calles, las reuniones para ver los partidos se multiplicaron y, por unas horas, la esperanza y la alegría se instalaron nuevamente en el país.
En esta edición, el evento ha estado inevitablemente contaminado por el ambiente de polarización política que atraviesa al mundo y, particularmente, a América del Norte. Los tres países organizadores enfrentan tensiones importantes en sus relaciones bilaterales. México y Estados Unidos mantienen diferencias diplomáticas en diversos temas, mientras que la relación entre Estados Unidos y Canadá continúa siendo compleja, aun después del cambio de primer ministro.
En el caso mexicano, el gobierno federal ha buscado proyectar la imagen de un país estable y preparado para recibir al mundo. No obstante, la realidad es más compleja. La ocupación hotelera no ha alcanzado las expectativas iniciales y el país continúa enfrentando problemas estructurales que trascienden el ambiente festivo: altos niveles de violencia, cuestionamientos sobre la relación entre política y crimen organizado y el temor que todavía experimentan muchas personas para ocupar con tranquilidad los espacios públicos.
A ello se suman las protestas de grupos sociales cuyas demandas permanecen sin respuesta. El caso de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) es ilustrativo. Las promesas incumplidas en materia de pensiones y salarios han mantenido la tensión con el gobierno federal. Aunque existieron amenazas de boicotear algunas actividades relacionadas con el Mundial, estas no se concretaron. En buena medida, el deseo de millones de personas de vivir la fiesta futbolística terminó por imponerse sobre la capacidad de movilización de los grupos inconformes.
Algo similar ocurre con los colectivos de madres buscadoras. Mientras el gobierno busca mostrar al mundo la mejor cara del país, persiste la percepción de que una de las crisis humanitarias más dolorosas de México —la desaparición de personas— no ha recibido la atención y sensibilidad que demanda. La imagen de un gobierno dispuesto a abrir las puertas de Palacio Nacional para recibir al grupo de pop coreano BTS, pero incapaz de construir un diálogo efectivo con las madres que buscan a sus hijos, seguirá siendo una de las grandes contradicciones de este gobierno.
El Mundial también deja al descubierto las profundas desigualdades que atraviesan al deporte moderno. Las quejas por los elevados precios de los boletos, los costos excesivos de los paquetes de hospitalidad en los estadios y las tarifas que los restaurantes deben pagar para transmitir los partidos han alimentado la percepción de que el futbol, que alguna vez fue una celebración popular, se ha convertido en un espectáculo cada vez más elitista. Para muchos aficionados, la experiencia mundialista se observa más desde la distancia que desde las tribunas.
La política tampoco ha permanecido al margen del torneo. El hecho de que la presidenta optara por no acudir a la inauguración ante la posibilidad de ser abucheada constituye un episodio inédito y revela hasta qué punto la polarización política ha terminado por permear incluso la fiesta mundialista.
Al mismo tiempo, el discurso oficial ha continuado alimentando la polarización. Después del triunfo de la selección mexicana, la presidenta declaró en su conferencia matutina: «Quien la pasó mal es quien quiere que le vaya mal a México. El que apuesta en contra de México siempre le va a ir mal». Con ello, el oficialismo parece intentar apropiarse simbólicamente de los triunfos deportivos y reducir las críticas al gobierno a posiciones supuestamente contrarias al país.
Al final, eso es precisamente lo que se lleva y lo que deja el Mundial. Se lleva, aunque sea temporalmente, parte de la tensión política, del pesimismo y del desencanto social. Por unas semanas, la euforia colectiva y la ilusión futbolística desplazan las preocupaciones cotidianas. Pero también deja al descubierto las fracturas que tenemos como sociedad: la desigualdad, la polarización, las demandas sociales pendientes y la creciente mercantilización del deporte.

Iván Arrazola es analista político y colaborador de Integridad Ciudadana A.C. @ivarrcor @integridad_AC

