Por Ingrid Trejo Juárez. Publicado en ContraRéplica.
En México, el gobierno no deja de hablar del pueblo. Lo menciona en cada discurso, lo invoca como bandera y lo presume como justificación. Lo usa para ganar elecciones, para justificar errores y para lavar culpas. Pero cuando el pueblo habla —cuando exige, cuando defiende, cuando se duele—, nadie lo escucha. Su voz se apaga entre aplausos oficiales y promesas vacías.
Mientras los escenarios oficiales repiten consignas de justicia social, en los márgenes siguen cayendo quienes realmente defienden la vida: líderes comunitarios, activistas ambientales, defensoras de derechos y periodistas que pagaron con su voz, y a veces con su vida, por preservar lo que nos sostiene como nación: la gente, la naturaleza, la cultura y el anhelo de vivir en un México en paz.
Recientemente, el asesinato de Carlos Manzo, exalcalde y defensor comunitario de Uruapan, volvió a recordarnos esa herida abierta. Denunció las redes criminales que asfixiaban a su municipio, a la región y pidió ayuda al gobierno en reiteradas ocasiones. Nadie respondió. Su voz se perdió entre la indiferencia y el silencio.
Manzo no sólo señalaba la corrupción: organizaba a su comunidad, defendía la vida y creía que la política aún podía servir para proteger a la gente. Murió mientras el gobierno miraba hacia otro lado. A pesar de que él decía que no quería ser uno más en la lista de muertos, su nombre se suma a otros que también fueron silenciados por atreverse a hablar.
Samir Flores, comunicador comunitario y defensor del territorio, fue silenciado por oponerse al Proyecto Integral Morelos, una obra impuesta pese a las advertencias sobre sus riesgos ambientales y sociales. Homero Gómez, conocido como el guardián de las mariposas monarca, desapareció tras liderar campañas contra la tala ilegal en los bosques de Michoacán. Su muerte evidenció el abandono del Estado ante la violencia que consume incluso los santuarios naturales. Cecilia Monzón, abogada y activista, fue asesinada por exigir justicia con nombre y apellido para las mujeres víctimas de violencia, demostrando que, en México, la verdad incómoda más que el crimen.
No solo son nombres, son historias que permanecen incluso cuando quienes debieron protegerlos fallaron. Personas que, aun sabiendo el riesgo, eligieron hablar, defender y resistir. Pusieron el cuerpo, la voz y el alma por causas que no daban votos, pero sí esperanza. Cada uno de ellos nos recuerda que, en México, alzar la voz sigue siendo una forma de resistencia y, a veces, de despedida.
Mientras tanto, el gobierno que presume escuchar al pueblo lo deja morir en silencio. Se habla de transformación, pero los ríos siguen envenenados, los bosques talados, las comunidades abandonadas y los periodistas amenazados. Nos repiten que todo es por el pueblo, aunque cada día haya menos pueblo al cual proteger. México se hunde en la violencia: una que se respira, que se normaliza, que invade las calles y los hogares. Una violencia que mata sueños, silencia voces y deja al país suspendido entre el miedo y la indiferencia.
Hoy México duele. Duele por los bosques talados, por los ríos contaminados, por los cuerpos que desaparecen y por las voces que se apagan. Pero también duele por nuestro silencio, por acostumbrarnos a la violencia y por mirar hacia otro lado mientras se destruye lo que nos hace México. Alzar la voz, incluso con miedo, es el mínimo acto de amor que nos queda hacia esta tierra. Porque si callamos, terminaremos perdiendo no solo a quienes la defienden, sino el país mismo que ellos soñaron proteger.
Y entonces, cuando ya no quede nada que defender, ni siquiera el silencio nos salvará.
Ingrid Trejo Juárez Colaboradora de Integridad Ciudadana, estudiante de Relaciones Internacionales por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. @ingriddtrejoo @Integridad\_AC

